¿CÓMO LA PANDEMIA HA INFLUIDO EN EL DESARROLLO DFE LA HIPOCONDRÍA Y EL TOC?

Así es como la crisis del COVID-19 nos vuelve vulnerables a la hipocondría y al TOC.

HIPOCONDRIA, TOC Y PANDEMIA
HIPOCONDRIA, TOC Y PANDEMIA

Aunque el término “enfermedad mental” pueda llevar a malentendidos, lo cierto es que los trastornos psicológicos no surgen de manera aislada en el interior del cerebro; no aparecen simplemente a partir de un desajuste de hormonas, de neuronas o de procesos metabólicos del cuerpo humano, sino que tiene causas tanto biológicas como comportamentales y sociales. Nuestro entorno y el modo en el que interactuamos con él influye en la salud mental de las personas, y mucho más de lo que parece.

Es por eso que a los profesionales de la psicoterapia no nos ha extrañado comprobar hasta qué punto la pandemia del coronavirus ha tenido un impacto en la aparición de psicopatologías; en épocas de crisis es normal que esto ocurra, y en el caso de estos meses marcados por el COVID-19, se han dado varias a la vez: una crisis sanitaria, otra social y política, y otra económica.

Por ello, en este artículo nos centraremos en analizar de qué manera la pandemia nos ha expuesto más a dos trastornos concretos: la hipocondría y el TOC. Empecemos por ver cuáles son sus características por separado.

¿Qué son el TOC y la hipocondría?

El TOC, siglas de «Trastorno Obsesivo-Compulsivo«, es una psicopatología caracterizada por dos elementos principales y que quedan reflejados en su nombre: las obsesiones, que son imágenes mentales o pensamientos intrusivos que aparecen una y otra vez generando un alto nivel de malestar en la persona; y las compulsiones, que son secuencias de acciones muy específicas que la persona se ve en la necesidad de realizar cada vez para intentar mitigar (a corto plazo) la influencia dañina de las obsesiones y permitir que su atención quede desplazada a otra cosa.

Es decir, que mientras que el primer elemento genera un malestar instantáneo y que “invade” la conciencia de la persona impidiéndole pensar en otra cosa, el segundo le aporta un remedio momentáneo, aunque a la larga no hace más que agravar el problema porque hace que se le dé aún más importancia a las obsesiones y que la persona no se sienta protegida hasta que no lleva a cabo la compulsión cada vez.

Por su parte, la hipocondría (a veces llamada de manera más oficial “trastorno de síntomas somáticos”, aunque este último término es más amplio y aborda también otras alteraciones similares) es una alteración psicopatológica en la que la persona desarrolla una fuerte ansiedad ante la creencia infundada de que sufre al menos una enfermedad.

En casos así, el grado de malestar es tan fuerte que ni siquiera una visita al médico en el que se le hace un chequeo y se le asegura que todo está bien sirve para tranquilizar a la persona a medio y largo plazo, ya que rápidamente vuelve a interpretar ciertas experiencias como señal de que ha desarrollado una patología, normalmente severa. Así, la hipocondría vuelve a la persona muy propensa a caer una y otra vez en el autodiagnóstico, interpretando del modo más pesimista posible todo tipo de sensaciones o cambios en el cuerpo cuyas causas no conoce bien, y que realmente no tiene por qué indicar que sufre una enfermedad.

¿Qué tienen en común estas dos alteraciones psicológicas?

Por lo que hemos visto hasta ahora, el TOC y la hipocondría parecen dos trastornos claramente diferenciables; y en buena parte lo son. Sin embargo, tal y como ocurre a menudo con los trastornos mentales, se solapan en varias de sus características, y la principal es la facilidad con la que llevan a la persona que lo sufre a experimentar pensamientos de tipo obsesivo.

Es decir, que tanto en la hipocondría como en el Trastorno Obsesivo-Compulsivo, somos más vulnerables a desarrollar un círculo vicioso de ansiedad y de pensamientos intrusivos que nos desbordan emocionalmente. En el caso del TOC, estos pueden consistir en todo tipo de recuerdos perturbadores o situaciones imaginarias que asumimos como predicciones de lo que podría ocurrir, y en muchos casos la memoria y la imaginación se mezclan, llevándonos a exagerar sucesos que ocurrieron de verdad. En el caso de la hipocondría, los pensamientos intrusivos suelen tener que ver más con el mundo terrenal de las sensaciones, los cambios de coloración en la piel, las molestias en las articulaciones…

En cualquier caso, en estas dos alteraciones psicológicas la persona “aprende”, sin darse cuenta, a atraer hacia su consciencia una serie de contenidos mentales que le hacen sentir muy mal, y se acostumbra a recurrir a un tipo de alivio momentáneo muy concreto: en el TOC compulsiones que deben ser repetidas sistemáticamente sin salirse de las pautas marcadas por las ocasiones anteriores (por ejemplo, rascarse cuatro veces la oreja derecha y diez veces la nariz, en este orden), y en la hipocondría conductas de auto-chequeo y búsquedas en Internet o en libros de medicina para intentar autodiagnosticarse y comprender mejor la supuesta enfermedad que se sufre, así como la adopción de todo tipo de precauciones extremas para evitar que el problema se agrave.

¿Cómo ha influido la pandemia en la aparición de estos trastornos psicológicos?

La pandemia de coronavirus ha dado lugar a un contexto que es el caldo de cultivo ideal para psicopatologías como el TOC y la hipocondría.

Por un lado, un bombardeo mediático de noticias sensacionalistas o sesgadas que han puesto el foco en los aspectos más trágicos o preocupantes de la crisis del COVID-19 para captar la atención de los espectadores; por otro lado, períodos de confinamiento que han dejado a las personas vulnerables a los desajustes emocionales con menos recursos de apoyo social para enfrentar esta situación tan complicada, al tener que permanecer en un relativo aislamiento social; además, el miedo a contagiar y a ser contagiado, basado en una fuente de peligro microscópica que, al ser invisible a la vista, deja un gran margen de actuación a la ambigüedad y a la ansiedad anticipatoria; y finalmente, una crisis económica que ha llevado al límite a muchas familias, haciendo que muchos ciudadanos en una situación de precariedad hayan tenido que mantenerse en “estado de alerta” y tratando de rendir al máximo sin interrupciones, para minimizar el riesgo de posibles complicaciones por despido, por quiebra de la empresa familiar, etc.

Y a todo esto tendríamos que añadirle el desconcierto que ha reinado durante meses, dado que como las sucesivas versiones del coronavirus son patógenos nuevos de los que se sabía poco, han sido frecuentes las contradicciones en las medidas sanitarias, en las declaraciones de políticos, etc. Esta sensación de que nadie tiene claro de qué manera ponerse a salvo del COVID-19 ha desplazado hacia los individuos la responsabilidad total de protegerse a sí mismos y a sus familias, lo cual ha sometido a mucha presión a amplios sectores de la población.

Así, las personas pueden llegar a desarrollar hipocondría como una respuesta a la necesidad de estar alerta a los primeros síntomas de la enfermedad, y otras pueden desarrollar TOC para evitar al máximo el riesgo de contagio e incluso para purgar el sentimiento de culpa por, quizás, haber contagiado a otras persona en el pasado.

Todas estas experiencias están vinculadas al miedo a contraer COVID-19 y/o contagiar a los seres queridos, y a la vez, predisponen a las personas a buscar desesperadamente expectativas y certezas acerca de cómo funciona el virus y los desajustes emocionales del miedo a la pandemia. Y lamentablemente, trastornos como la hipocondría y el TOC, aunque generadoras de un gran malestar, aportan una serie de referencias para “ubicarse” ante la crisis del COVID-19 y sus consecuencias: saber de manera aproximada cuál es el riesgo de sufrir una tragedia si no se hace algo para evitarlo (muy alto), generar pautas para regular el malestar inmediato, sensación de estar relativamente “preparados”, etc.

Referencias bibliográficas.

  • American Psychiatric Association. (2013). Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales. Quinta edición. DSM-V. Masson, Barcelona.
  • Avia, M.D. (1993). Hipocondría. Ediciones Martínez Roca S.A., Barcelona.
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